
"El señor enviñetado" está en lo cierto. No es un descubrimiento; sí una reflexión.
Si buscan lo que han soñado, le ayudamos a encontrarlo.

Cosas tan apetecibles como «Facto Delafé y las Flores Azules», practicantes de un rap que se parece más al pop indie ñoño, pero que se crece con una poéticas urbana de lo mínimo existencial posmoderno. No sé si me explico, pero logra poner los pelos de punta rozando el ridículo. Rara virtud.
Me resultaba curioso observar aquel tablero de ajedrez. La partida se desarrollaba casi exculsivamente en el interior de las mentes de los jugadores. Los movimientos eran escasos. O, al menos, los movimientos perceptibles. Yo, espectador desde una posición no muy privilegiada, conocía el juego. Los caballos, los alfiles, los peones, paseaban, caminaban y corrían p0r la cabecita de los contendientes tal y como mi imaginación suponía. Pero, otro elemento fulminante intervenía: el tiempo. El tiempo omnipotente, omnipresente, omnisciente. Él tenía el control. Él decidiría quién sería el vencedor. O si se pactarían tablas.
Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale. Fin.
Se me hace tarea imposible conseguir averiguar las pretensiones de las letras caprichosas al momento que me despierto y deslizo mi cuerpo volátil a través de los rayos de la mañana. ¿Por qué ese sonido y no otro? ¿Por qué ahí y no aquí? ¿Por qué encima y no debajo? El fin explica el principio; concluyo al tiempo que reposo mi mente lastrada de aromas temporales tras un buen espresso italiano. Cuestión de objetos.

Se permite jugar a la pelota siempre y cuando el esférico no dañe los escaparates cercanos, los transeúntes no sean molestados, no se produzcan alteraciones en el tráfico y los jugadores no acaben a la gresca pudiendo despertar al vecino dormido.

Cuando escucho a Wagner durante más de media hora, me entran ganas de invadir Polonia.
Desconozco si la temperatura era el motivo, o la tos inexpresiva, o la voz cambiante, o la pesadez extrema; pero en aquellos días en los que me sentía enfermo, mi cabeza realizaba giros de un mayor número de grados. Teorizaba y la nostalgia invadía mi frágil y a la vez torpe cuerpo. Aquellos chicos que hablaban de los gráficos de no sé que juego, o de lo que les había dicho la chica de los pantalones de campana, inspiraban en mí un sentimiento ciertamente incomprensible. Sabía que estaba frente a dos buenas personas. Sus miradas los delataban. Pero poseían algo que los convertía en dos nobles reflejos de un despropósito cariñoso. A la vez, mis ojos, mi boca, mis gestos, reflejaban culpabilidad. No comprendía por qué afloraban en mí cual mala hierba curativa esas teorías acerca de la personalidad ajena. De todos modos, no acabé ahí. Luego llegó el grande. Una gran persona; en físico, en corazón, en interés. Grande a pesar de no ser capaz de comprender porqué una fuerza centrípeta es una fuerza central, de no ser capaz de atisbar como dos niñatos se burlan de él. Grande precisamente por eso. Su desmedida pasión por el fútbol, convertía los fines de semana en un cúmulo de alegrías y despropósitos, pero sobre todo, hacía que sábados y domingos se igualaran en una ecuación perfecta con la ilusión. La ilusión con la que llevaba consigo su pequeña radio; Carrusel sintonizado; goles aquí y allá. La ilusión con la que vivía. Yo, pobre de mí, sentado frente a él, casi llegué a creerme más afortunado. ¿Más dichoso? Mentira. Me equivocaba. Fiebres de compasión, fiebres puras, fiebres de grandeza, fiebres de mercurio.
¿Ocho cosas? Mal día, melancolía.
"El Grito", en versión original.
Había sido una tarde llena de conversaciones amables, poemas encubiertos, gritos dorados, siseos incomprensibles, susurros, cantos, tareas por hacer. Ipso facto, noche. A mi lado, un hermoso tomo del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, editado en 1992. Ideas vacías, letras oxidadas, párrafos chirriantes. El orden de factores altera el producto; concluí nimiamente. Admiración.
En física y química se denomina cambio de estado a la evolución de la materia entre varios estados de agregación sin que ocurra un cambio en su composición. Se observa que, para cualquier cuerpo o agregado material considerado, modificando las condiciones de temperatura, presión o volumen se pueden obtener distintos estados de agregación, denominados estados de agregación de la materia, con características peculiares. Los tres estados básicos son el sólido, el líquido y el gaseoso. Existiendo también el plasma, el condensado de Bose-Einstein u otros posibles estados, algunos de los cuáles sólo se dan en condiciones extremas, tales que los fluídos supercríticos, coloide, superfluido, supersólido, materia degenerada, neutronio, materia fuertemente simétrica, materia debilmente simétrica, condensado fermiónico, plasma quark-gluón, materia de quarks...
|
|